Por: Antonio Ferrería Castaño
Con todo el jolgorio que se montó a finales de diciembre del año pasado, parece que este año, el año 2000, no pase nada. Y sí que pasa. Porque este y no aquel es el último año del siglo y del milenio. Este es, ciertamente, el año en que termina el siglo XX, el de los mayores adelantos de la Humanidad desde la invención de la rueda y el que cumple los primeros 23.000 años de la era cristiana. El británico Arthur C. Clarke, uno de los autores de ciencia-ficción más eminentes de la actualidad, científico y matemático, que es autor de grandes best-sellers como “2001: Una odisea del espacio”, “Las arenas de Marte”, “El fin de la infancia” o “Relatos de diez mundos”, transcribe a su obra “20 de julio de 2019. La vida en el siglo XXI” lo que ya se decía en “Fuera de la cuna, en una órbita sin fin…”, de 1958: “El siglo veintiuno no comienza mañana; comienza un año después, el 1 de enero de 2001… Cada cien años los astrónomos tenemos que explicar esto de nuevo, pero nada cambia. Las celebraciones comienzan tan pronto aparecen los dos ceros…” Parece que hay gente, e incluso instituciones, que no se dan por enteradas de este hecho incuestionable; no así el alcalde de Roma, Francesco Rutelli, que recientemente lanzó al mundo la invitación de acudir a la Ciudad Eterna el 1 de Enero del año 2000 para celebrar con una fiesta multitudinaria la “auténtica” llegada del nuevo milenio y el fin de siglo en esa Nochevieja.
Está claro, pues, que del año 1900 al año 2000, día a día se van cumpliendo cien años. ¿Y cómo sería Vegadeo hace cien años? No es probable que hoy pueda existir nadie que nos dé su versión directa de cómo se vivía y cómo eran entonces las cosas, así que habrá que echar mano de los datos a nuestro alcance y completarlos con lógicas deducciones para poder imaginarnos aquel Vegadeo en el último año del siglo XIX.
Para empezar, sabemos que las distancias eran grandes porque las comunicaciones eran escasas y dificultosas. De Vegadeo partían tres carreteras, naturalmente sin asfaltar: la de Lugo por Meira, la de Boal y la de la Garganta a los Oscos, todas ellas estrechas y de trazado muy accidentado, que oponían sus dificultades al transporte por carretera de la época, a base de coches, carruajes o carromatos tirados por caballos o mulas, porque el coche sin caballos, el automóvil, de reciente invención, no se había visto aún por estos pagos en aquel 1900. Además, cruzaba Vegadeo la carretera general a Oviedo y Galicia. Lo demás eran caminos y calellas.
Con aquel panorama en las vías de comunicación terrestre, es fácil deducir que, a las puertas del siglo XX, tanto en Vegadeo como en cualquier lugar del mundo las distancias contaban, y mucho; recorrer cincuenta kilómetros, por ejemplo, era todo un viaje largo e incómodo, con sus peripecias y con el añadido de llegar a destino cubierto de polvo. Ni que decir tiene que por entonces los viajes en coche de caballos eran para quienes podían costearlos, los demás debían viajar en carros o carruajes, a lomos de caballos, mulos o burros, o simplemente a pie. Estos últimos solían conocer bien toda una serie de senderos o atajos que permitían acortar el camino y que hoy han desaparecido prácticamente, por el desuso o porque algunos espabilados los han incorporado a sus tierras por el artículo 29. De todos modos, no cabe duda de que viajar en aquellos días no tenía nada que ver con los viajes mucho más rápidos y más cómodos a los que hoy estamos acostumbrados, y lo más probable es que aquellos supusieran un gran esfuerzo y, a veces, incluso toda una aventura. La gente que por aquellos días cumplía promesas de ir andando a la romería de Pastur, solía salir un día antes de sus casas y dos días antes para ir a Villaoril.
¿Quién puede saber ciertamente lo que ocurría hace cien años? Puede que incluso en aquellos momentos Mary Poppins sobrevolase los limpios cielos, porque, eso sí, entonces no había contaminación, de cualquier ciudad o pueblo con su mágico paraguas, su sombrerito inglés y su bolso de viaje de interminable capacidad. Pero ni en Vegadeo ni en el mundo casi nadie más volaba porque los aviones no se habían inventado todavía. Sólo algún desaprensivo se atrevía a despegar en globo y el conde alemán Ferdinand von Zeppelin acababa de realizar en Friedrichshafen, a orillas del lago Constanza, el primer vuelo experimental de su famoso LZ-1, el dirigible conocido como “barco aéreo”, que podía ser gobernado y seguir una ruta a voluntad de quien lo pilotaba y que más tarde sería bautizado como “Zeppelin” en honor de su inventor. Todo un asombro para la época, porque suponía que el hombre iba cumplir uno de sus sueños ancestrales y volar a cualquier destino. Un anuncio glorioso de que los tiempos estaban cambiando y de que el progreso estaba abierto.
En el año 1900, Vegadeo, que entonces se llamaba Vega de Ribadeo, sólo hacía sesenta y seis años que tenía municipio propio, al haberse segregado de Castropol en el año 1834, tras haber alcanzado notable peso industrial y demográfico e importancia económica, gracias en gran parte al impulso que recibiera de la instalación en la villa de una fábrica de armas, decidida por la Junta Soberana de Asturias en plena Guerra de la Independencia y a causa del repliegue a que obligara la invasión napoleónica. Vegadeo florecía hace cien años de artesanos del hierro, el acero y la madera, de aserraderos, de fábricas de curtidos de piel, de papel y de chocolate, de molinos harineros, de forjas e industrias de clavazón y de fundición de bronce. Una de aquellas fábricas de papel, muy prestigiosa, se llamaba “La Honradez”, estaba situada en Piantón y en el año 1900 figuraba como propiedad de la señora viuda de D. José María Veiguela; sus máquinas, al igual que las piedras de los molinos y los mazos de las herrerías, eran movidas por las aguas del Suarón, que supieron ser aprovechadas por los industriales de la época. Pero Vegadeo también tenía entonces aduana marítima porque el tráfico por mar, que se adentraba en la ría del Eo y remontaba el Suarón hasta el Muelle del Comercio, era muy importante. Continuamente entraban y salían barcos y barcazas transportando toda clase de mercancías, amén de las embarcaciones que se dedicaban al transporte de pasajeros hacia diferentes destinos. La vida en Vegadeo estaba en aquel año más orientada al río, a la ría y su enlace con el mar, de donde venía el progreso y lo necesario para la vida. Por el río venía el pescado de As Figueiras, Ribadeo o Castropol; el río, además de mover molinos, fábricas y mazos, entregaba también sus propios peces y brindaba su agua para el ganado o para la limpieza. El Suarón no estaba todavía encauzado en el año 1900 y en él lavaban la ropa las mujeres, de paso que le contaban los chismes del pueblo, porque, al tiempo que dejaban en sus aguas las manchas y el sudor de la vida, se hablaba de todo a su orilla. Y el río, libre de corsés, discurría a sus anchas, tranquilo y placentero, como si dormitase. Hasta que llegaban las fuertes lluvias y lo espoleaban; entonces se cabreaba como cualquier herrero o cualquier maderero, echaba fuera sus aguas, e invariablemente reclamaba el trozo de cauce que le habían quitado: inundaba La Alameda, El Medal… Lo inundaba todo y ponía el pueblo a nadar con otro disgusto morrocotudo. Pero pronto se calmaba y las aguas volvían a acariciar las grandes piedras de las lavanderas. Era una peculiaridad más de Vegadeo. Por aquellos días las inundaciones eran frecuentes, pero el río era un vecino más y la gente sabía pasar por alto sus enfados y apreciar sus virtudes.
Aunque no tengo datos exactos de aquel año, se puede deducir de otros cercanos en el tiempo que Vegadeo podía tener entonces en su municipio unos 1.700 edificios y albergues o quizá alguno más, con unos 7.500 habitantes, más o menos, y unos 3.000 en el pueblo. ¿Y cómo eran aquellos veigueños que se disponían a entrar en el siglo XX? Sabemos que era gente laboriosa y con inquietudes de progreso. Vegadeo encaraba el nuevo siglo con muchas ganas, mientras alguno de sus hijos destacaba más allá de Pajares. Siendo ya conocido por haber publicado algunas de sus muchas obras, justo el 27 de mayo de aquel 1900, el ilustre vegadense D. Emilio Cotarelo y Mori ingresaba en la Real Academia Española y era miembro correspondiente de la de Buenas Letras de Sevilla. Por su parte, D. Amado Eugenio Osorio y Zabala, con cuyo apellido fue bautizado un pico de 750 metros de los montes Zumbo en lo que fue África Ecuatorial Francesa, cerca de la frontera con la que había sido la colonia española de Guinea, amplia región que él había explorado a fondo (ignoro si hoy sigue conservando su nombre), distinguido con el título de Caballero de la Legión de Honor Francesa, se hallaba en Madrid, prácticamente recién llegado de la guerra de Cuba, en la que había intervenido como médico del Batallón de Voluntarios del Principado de Asturias, organizado por el Obispado de Oviedo, y se disponía a formar parte de la Comisión Oficial Española que iba a fijar, con Francia, los límites de Río Muni y otras tierras del Golfo de Guinea. El poeta vegadense D. José Manuel Campoamor de la Fuente, sobrino de doña Visita, que tenía su confitería en los bajos de la que hoy es Casa Suárez, una de las buenas tiendas de confecciones y moda de Vegadeo, se ponía a punto para marchar luego a la Argentina y escribir versos y artículos en libros y periódicos. Y los galeanos (de la Galea), D. Francisco García Allande (D. Paquín de Axelán) y D. Herminio García Allande, que eran hermanos, escribían sus libros y sus artículos en prensa también en la Argentina. A don Paco todavía alcancé yo a conocerlo cuando era niño y él, anciano ya, había regresado de Buenos Aires. Era un hombre muy culto, pequeñito, siempre vestido de traje negro con chaleco y sombrero, que vivía solo, con un hermoso gato entre negro y marrón y rodeado de libros, revistas y periódicos en su casa de la Galea (Galea de Arriba, entonces), un poco más arriba de la casa de Muiña, y que tenía para mí la aureola de intriga misteriosa que despertaban entonces los indianos que regresaban de aquello tan lejano que se llamaba América. Tuve la ocasión y la satisfacción de escuchar su amena conversación, e incluso pude verlo probándose un ataúd que tenía en una de sus habitaciones, no sé si por romántico deseo de emular a la eximia actriz francesa Sarah Bernhardt, que también había tenido el suyo en su casa, o por la convicción de que hay que aceptar con naturalidad lo natural del último aposento.
Había, en aquel 1900, hombres populares en el pueblo, como Manolo Salas, Emilio Espina, Eladio Vijande y mujeres como doña Leoncia o doña Fresina o las de Patacón, estas últimas propietarias de comercios en los que se montaban animadas tertulias hasta que se apagaban los faroles a las once de la noche. Porque, claro, aquel Vegadeo, a partir de esa hora era oscuro como boca de lobo, puesto que no se conocía la luz eléctrica; llegaría siete años después. En 1900 la gente tenía que alumbrarse con velas, quinqués, candiles de petróleo o lámparas de aceite. Y en la calle estaban los faroles, de los que se ocupaban los faroleros, muy populares entonces. En Vegadeo, los faroleros eran Pena “El Vello”, David da Galea, Celso “El Vello” y Xan de Gadía. Todos ellos, con capas de carrí (un paño fuerte), su montera de piel, su chuzo, su farol de mano y su escalera al hombro, tenían buen cuidado de encender los faroles que había en las esquinas de las calles en cuanto llegaba la noche y de apagarlos a las once, así como de no encenderlos en las noches de luna llena, porque había que ahorrar petróleo. Así que fácil es imaginar que la vida nocturna prácticamente no existía hace cien años. Los hombres charlaban en el café o comentaban la política del momento y la gente, en general, se divertía lo que podía durante el día en bailes y saraos, carreras de cintas, veladas teatrales, improvisados conciertos de piano y canto y, cuando no había, paseaban por La Alameda o por El Medal, mientras otros preferían el paseo por La Abraira, por El Fondrigo hasta el puente del Príncipe Alfonso o puente de Porto, que era la última gran obra del pueblo que había que admirar o por El Palacio. Y también había quien se daba el gustazo de acercarse a los muelles del Comercio o del Caleiro, por La Barca Vieja o por La Galea, a ver aquellos barcos que llenaban la ría de movimiento y de colorido, al tiempo que evidenciaban el dinamismo del comercio local. Otro entretenimiento muy extendido era, sobre todo entre las mujeres, sentarse a la puerta de casa en pequeñas banquetas o sillitas de paja, en las tardes de verano, a charlar con las vecinas mientras hacían labores. Los hornos de cocer el pan, como el que tenía una veigueña muy popular entonces, llamada Miña Xuana, en la Calle Mayor, eran otros puntos de esparcimiento para las amas de casa, sobre todo en invierno; allí se improvisaban tertulias o corrillos que permitían a las mujeres explayarse a sus anchas con chismes, opiniones y comentarios. Ya sé que hoy cuesta imaginar una vida con pasatiempos tan inocentes y relajados, pero hay que caer en la cuenta de que entonces no había ni radio, ni televisión, ni cine, ni discotecas, ni coches, ni bares de copas. Era otro mundo, otro Vegadeo. Y, sin embargo, fijándonos en las viejas fotografías, advertiremos que la estructura del núcleo central del pueblo era prácticamente la misma que hoy, salvando las evidentes mejoras que se han ido realizando a lo largo de los años. Como más sobresaliente habría que destacar que, por ejemplo, el Parque de Medal no tenía balaustrada todavía, pero tenía, en cambio, hermosos y frondosos árboles. Los mercados eran entonces lugares de reunión vecinal, como el Mercado de la Leña, situado al término del primer tramo de la Calle Mayor, frente a la casa donde años después estuvo la Oficina de Correos y la escuela de doña Justa. Allí tenía entonces D. Pedro Cotarelo, el padre de los Cotarelo, un galpón convertido en almacén y dedicado a galvanizar clavos que se exportaban a los astilleros de El Ferrol, Cádiz y Cartagena, para su empleo en la clavazón de buques de guerra. Las ferias, que eran muy importantes, concitaban la mayor afluencia de público. La más importante de la semana era la de ganado que se celebraba a lo largo de toda la calle de La Galea. Todavía me tocó a mí, durante unos cuantos años de mi niñez y casi adolescencia, vivir aquel ambiente de ganaderos con fajos de billetes, tratos cagándose en todo lo cagable y apretón de manos final. Era todo un ambiente, pero al día siguiente era también todo un ejercicio de malabarismo el que teníamos que hacer para no ir a dar con nuestros zapatos recién limpios sobre las bulas o los cagallones del ganado que habían dejado la calle hecha una cuadra. La otra feria semanal, menos importante, pero en la que también se reunía mucha gente, era “A Feira dos Cochos” en el Fondrigo, que tuve igualmente la oportunidad de conocer todavía y de ir presenciando su declive.
Ni que decir tiene que entonces la vida conllevaba para las gentes de Vegadeo muchos más trabajos que ahora. No había agua corriente en las casas y era habitual ver por las calles a las aguadoras que transportaban a la cabeza, en calderos, sellas o baldes, el agua de las fuentes o del río para los diferentes usos caseros. Tampoco había lavaderos, ni detergentes, ni, por supuesto, lavadoras eléctricas, esa máquina providencial que todas las mujeres del mundo consideran el invento más importante de este siglo, así que en los ríos, riachuelos y regatos, había siempre mujeres lavando ropa con un ímprobo esfuerzo. Para planchar la ropa tenía que hacerse con aquellas viejas planchas de brasas o de calentar, lo que suponía que la faena se hiciese más larga y pesada. Eran frecuentes las plagas de pulgas, chinches y otros insectos, por lo que había que procurar extremar la limpieza, y no existían ni los insecticidas ni los productos de limpieza actuales, ni tampoco la fregona. Las mujeres tenían que fregar de rodillas y con el tiempo se les deformaban y sufrían enfermedades de la columna vertebral. Las mujeres, además, tenían que amasar la harina para hacerse su propio pan, cuya masa llevaban en una cesta a la cabeza a uno de los muchos hornos que entonces había en La Vega para moldearla y cocerla. Quien más quien menos, por otra parte, cultivaba su propio huerto y criaba sus propios animales, cerdo incluido, para procurarse despensa para el año.
Los vegadenses de hace cien años, y muchas veigueñas también, cumplían, sin duda, el mandato bíblico y se ganaban el pan, no sólo con el sudor de su frente, sino con el de todo el cuerpo en muchos casos. Ni siquiera podían soñar entonces que llegase a haber camiones para transportar la madera y mucho menos que esos camiones pudiesen llevar grúa incorporada para cargarla, ni que se pudiese lograr un día la sierra a motor y portátil para cortar los árboles y convertirlos en rollas. Tampoco imaginaban que no iba a hacer falta amasar el material para la construcción a mano ni servirlo a roldana, ni que las zanjas se iban a abrir con excavadoras, ni que se podrían mover grandes cantidades de tierra en pocas horas con grandes palas autónomas movidas a motor, ni que los campos se iban a trabajar de otra forma que no fuese con el arado romano, ni que se iba a inventar la ordeñadora eléctrica, ni que iba a haber carretillas a motor para cargar y descargar transportes, ni que iba a ser innecesario acarrear el agua de las fuentes o de los ríos, entre otras muchas cosas. Para todo eso antes había que poner el cuerpo, el esfuerzo y el sudor. Gran parte de las familias de la Calle del Sur se ganaban entonces la vida haciendo trabajos de curtido de pieles.
Y, por descontado, la gran mayoría de la gente tenía la ropa justa, una para diario y otra para el domingo, si se podía, al igual que el calzado, y entre los obreros había diferencias en el modo de vestir, según el gremio laboral al que pertenecían. Indefectiblemente, la burguesía y la gente con posibles se distinguía de la clase trabajadora tanto en el vestir como en la manera de alternar y de comportarse en público, porque hay que tener en cuenta que el nivel de analfabetismo era muy alto.
Las actividades sociales eran otra forma de entretenimiento por aquellos días, al tiempo que una contribución a la sociedad. Había, por ejemplo, una banda de música y un “Batallón Infantil” (algo así como el anticipo de los “Boy Scouts”) y también se organizaban espectaculares carreras de cintas, que daban ocasión a las señoritas para lucir sus atuendos y su palmito y que atraían la asistencia de foráneos.
En Vegadeo, “La Tertulia, Sociedad Recreativa”, era privilegio de clases altas y personas de cierto nivel social. La cuota de ingreso, bastante alta, era el mecanismo de selección de socios. Lo religioso tenía mucho peso en la sociedad de entonces y, para las mujeres, pertenecer a la asociación católica de las “Hijas de María Inmaculada”, que ya funcionaba en Vegadeo, daba cierto tono y respetabilidad.
No se saben muchas más cosas del Vegadeo de hace cien años, pero se pueden deducir algunas más. Lo que sí se sabe es que en aquel Vegadeo de 1900, en el que era alcalde D. José Pérez Sanjulián, la Feria de la Silvallana, primero, y las Fiestas del Quince, después, eran los grandes acontecimientos del año. De estas últimas destacaban la Feria del Catorce, la más importante de la comarca, con el concurso de ganado y la espectacular carrera con los mejores caballos y caballistas, las procesiones de la Patrona y de San Roque, el 15 y el 16, el engalanado del Parque de Medal y los faroles, farolas y “arañas” que, a base de velas, lo iluminaban por la noche para las verbenas, los fuegos artificiales del “fogueteiro” de Ouria, la alzada y suelta del globo que un tal Leopoldo realizaba con maestría, llenándolo de aire caliente a base de quemar paja, las regatas, el gaitero de Libardón con las bailadoras asturianas y la Jira Campestre.
Así podía ser, más o menos, la vida y el ambiente de aquel Vegadeo de hace cien años. Un pueblo pujante, laborioso y dispuesto a incorporarse al siglo de las revoluciones, en el que estaba a punto de entrar, con ilusión y proyectos de futuro como, por ejemplo, el que ya debía estar rumiando por entonces D. Everardo Villamil con algunos amigos: el ferrocarril Ferrol-Gijón, pasando por Vegadeo. Hoy, ese proyecto ilusionante sería lograr que la autovía del Cantábrico, que enlazará con la autovía de la Ruta de la Plata, tuviese una salida lo más cercana posible a Vegadeo y un área de servicio al lado mismo. Y otro proyecto que hubiese ilusionado al mismísimo D. Everardo, de haber vivido, pero que a lo peor podría quedarse sólo en deseo, sería ver la forma de que su tren, que ya va de El Ferrol a Gijón, pudiese enlazar de algún modo con el de alta velocidad que va a traer Fraga y que dice que afectará a toda Galicia. Sabemos ya que en una primera etapa va a llegar a El Ferrol, con lo que no estaría de más ver de conseguir para entonces que el FEVE que pasa por Vegadeo acomodase sus horarios de forma que pudiese convertirse en el enlace ideal con el AVE.

