Con el fin de ilustrar las virtudes de la pluma del que fue Cronista Oficial de Vegadeo, José Rodríguez Fernández, ofrecemos a continuación una de sus múltiples aportaciones a la historia de nuestro concejo. El artículo que sigue fue publicado en el n.º 24 correspondiente al mes de febrero de 1956 de la revista Asturamérica. Esta revista, editada por la Oficina de Relaciones con los Asturianos Residentes en América, nació en enero de 1954 con voluntad de tender un puente informativo entre Asturias y “todos sus hijos repartidos por las tierras de ultramar” y en varias ocasiones ocupó sus páginas con artículos referidos a la villa veigueña.
Desgraciadamente, la revista sólo se conserva de forma parcial en los archivos del RIDEA (Real Instituto de Estudios Asturianos) y de la Sección asturiana de la Biblioteca universitaria de Oviedo, lo que dificulta la consecución de artículos de gran interés para nosotros, como puede ser el publicado en octubre de 1956 con el título «La Nueva Asturias: Vegadeo». Nuestro “corresponsal” en Oviedo está realizando las gestiones oportunas para obtener este y otros artículos que ofreceremos gustosos a nuestros lectores en un futuro próximo.
LA VEGA
Por J. Rodríguez Fernández, presbítero.
Hace cerca de cien años que la calle Mayor, la típica y vieja calle Arriba, era la arteria principal de Vegadeo. No había entonces carreteras ni se había construido aún el airoso puente de Porto que une a los dos regiones hermanas, Asturias y Galicia. Sin otras vías de comunicación para los habitantes de Vegadeo, la calle Mayor era la ruta indicada y el camino único para subir a Castilla, a Ponferrada y al Bierzo, como la Galea era el camino real que llevaba al centro de Asturias, a Oviedo y a las altas cordilleras del Pajares. Antaño, las dos Galeas, Alta y Baja, eran los barrios marineros más populosos de la villa.
En esas fechas lejanas toda la vida vegadense se concentraba en la calle Mayor, en la Cal, en la del Sur, en Rego de Coelle. En la Empedrada y en la Alameda, verdaderos fangales, hasta donde llegaban las aguas en las altas mareas, era escasa la construcción urbana. Donde está hoy la antigua casa comercial de Durán, pegada a la solariega de Valledor, se levantaba una capilla de la que aún se conservan restos entre ambos edificios.
El actual campo y la plaza fueron levantados y construidos siendo alcaldes de la villa los inolvidables don Marcelino Sanjurjo y don José Andina. Este último mandó también empedrar el Fondrigo, otro barrio vegadense. ¡Qué aspecto de desolación, tristeza y abandono presentaría lo que es hoy hermosísimo centro de Vegadeo cuando no era más que un río, un fangal, una playa!… Por aquel tiempo, se construyó, junto a lo que es hoy Cantón, un barco.
Vegadeo no existía en su actual centro y no había sido levantado aún el Ayuntamiento. La vida del pueblo discurría por la calle Mayor. La primera casa Ayuntamiento, cuando abandonó Piantón, que era la metrópoli parroquial, estuvo en el actual cuartel de la Guardia Civil. Delante de la casa había unas rejas, y el primer mercado, que después se llamó mercado viejo y mercado de la leña, se había establecido en la plazoleta que da frente a Correos. Esa misma casa era un bodegón, ancho, sin pisos. Allí tenía don Pedro Cotarelo, el padre de los Cotarelo que hemos conocido, un almacén donde se galvanizaba toda clase de clavos, que se exportaban en gran cantidad, para la construcción de barcos de guerra, a los tres arsenales de España: El Ferrol, Cartagena y Cádiz, periódicamente, cada quince días, en vapores de la Compañía Nicasio Pérez, de El Ferrol, y otros de Gijón. La casa más importante de la calle Mayor era la de Valledor. En una de ellas nació don Emilio Cotarelo Mori, que fue secretario perpetuo de la Academia Española, eximio literato.
Todas las industrias y todo el gran comercio de Vegadeo estaba concentrado en esta calle Mayor. Las zapaterías y las herrerías eran numerosas y muy importantes. Vegadeo surtía de la industria del hierro y del calzado a muchos pueblos de Asturias, Galicia y León. Herrerías de gran valor eran las de Jesús del Maestro y la de los hermanos Cancio. En otra de estas casas había un importante almacén de granos, propiedad de doña Leonacia o Leoncia, viuda de Lago, mujer popularísima entonces en Vegadeo, simpática y servicial, capaz de casarse media docena de veces. También los hornos para el cocido del pan estaban calle Arriba. Otra de las casas era la de la incomparable miña Xuana, mujer de puro abolengo vegadense. En la calle das Espiñas, hoy de la Cal, que, como la del Sur y Rego de Coelle son prolongación de la calle Mayor, hubo por aquellos años una alfarería. Por la calle del Sur, numerosas familias se dedicaban a la fabricación de curtidos en pequeña escala, sin alcanzar la importancia de la famosísima de Zabala.
Ignoramos cuál sería entonces el número de vecinos de la calle Mayor, pero es de creer que fuesen bastantes. Hoy sí que sabemos los que hay, incluyendo a los de las calles del Sur, Rego de Coelle y la Cal. En total, en estas cuatro calles que forman la típica y vieja calle Arriba suman 173 vecinos, 625 almas… Casi un pueblo.
Eso fue la calle Mayor, hoy remozada y modernizada. El barullo y la agitación de ayer se han desplazado a la Alameda y a la Empedrada. Ya no es la ruta de Castilla y el punto de cita de todas las industrias vegadenses, pero aún se siente el martilleo de sus forjas y herrerías y aún hay restos de su pasado comercio. Aún están allí todos los hornos de la villa, como el almacén de la intrépida doña Leoncia, como el horno de la dulce miña Xuana, que presenciaban con lágrimas de emoción el 15 de agosto de todos los años el paso solemne de la procesión y dirigían plegarias a su Virgencita, la Santina de la Cal. También el pueblo de hoy de la calle Mayor se embelesa y arrodilla cuando pasa la procesión mariana, su Virgencita, su excelsa Patrona. Es la misma. Es el Vegadeo de siempre, hidalgo, trabajador, religioso…

